01 julio 2010

(5) El astronauta


Fotografía cedida por Laura Encursiva

Paseo espacial, por A. Jiménez Morato

(Para ti, lo escribí mientras dormías)

El astronauta se acerca cada noventa minutos a la ventana del módulo Kibo en el que trabaja para ver el paso de la órbita por encima de su país. La mayoría de las veces apenas logra ver algún tono marrón bajo el manto de nubes que cubre la Tierra. Pero, aún así, cada noventa minutos, religiosamente, abandona el experimento para acercarse a la ventana. Le molesta, incluso, cuando por cualquier motivo tiene que alejarse del laboratorio para usar el Canadarm o incluso hacer algún paseo espacial porque allí no puede controlar el tiempo que le lleva a la estación espacial cumplir cada órbita. Más de una vez le han llamado la atención porque cuando le toca estar en el exterior se distrae y pierde tiempo sin que nadie termine de entender qué sucede. Los compañeros, en sus informes, han relatado varias veces que resulta evidente como maniobra de tal modo que siempre pueda ver por la escafandra la tierra, a veces sin que tenga sentido alguno esa posición para la actividad a desarrollar. Él habla a diario con su mujer y con los niños, como todos los destinados a la plataforma. De hecho, las familias de cada uno de los astronautas tienen un equipo de alta tecnología en su casas para las conferencias. Cada uno tiene asignada una hora dependiendo del horario terrestre, una de las ventajas de la vida en órbita es que allí no hay horarios, y los tripulantes pueden adaptarse a las conexiones con sus familias. Al astronauta, de todos modos, le sabe a poco leer los mails de su mujer o verla en la pantalla cada noche, y más sobre todo porque de un tiempo a esta parte él no tiene una conciencia clara de qué es el día y qué es la noche. Le sorprende, aunque los ve a diario, el veloz crecimiento de sus hijos, y cuando comenta eso con sus compañeros, ya sea con el estable o con los que aparecen en cada una de las misiones de los transbordadores, le dicen que es normal porque hace mucho que no los ve. Pero él, responde, los ve a diario. Lo que sucede es que no los toca. No puede acariciar a su mujer ni tenerla entre sus brazos, paladear el aroma a desayuno invernal que deja en la almohada, no puede sentir el tibio olor a mantequilla de sus niños un poco antes de irse a la guardería. A veces les ha pedido a los compañeros que le den un abrazo, por sentir a alguien. Todos abren los ojos como platos, pero luego comprenden lo razonable que resulta la ansiedad que sufre. Son tantos meses. Y no es sólo el sexo, que también, porque todos saben que en el módulo Zvedza, además de los servicios, pueden disponer de modo totalmente privado, de un espacio donde cohabitar, si se quiere, o cuanto menos masturbarse. Allí no hay nada que pueda verse afectado por el semen que flota ingrávido frente a la cara del astronauta que acaba de expulsarlo con un leve temblor de placer. Hasta eso se le ha vuelto mecánico al astronauta, y por eso apenas va allí más allá de para realizar sus necesidades digestivas. No, hace mucho tiempo, y los compañeros han avisado de ellos en sus informes, que apenas habla con ellos. Y cuando estos, más allá de las necesarias conversaciones para llevar a buen término los distintos experimentos de cada expedición, le preguntan cómo se siente, él les responde que está bien. Puede seguir hablando, dice, y de un tiempo a esta parte no es más que eso, un discurso, un continuo fluir de palabras recitadas frente a los micrófonos o escritas y leídas en los monitores. Apenas eso. Les dice que de un tiempo a esta parte ha dejado de sentir su cuerpo, que es como si ya no lo albergara, porque su mundo no pasa ya por las sensaciones que no sean visuales o sonoras. La comida del módulo no huele, no sabe a nada, y su cuerpo no siente más que el frío tacto de los controles. Por eso les dice que se siente en un continuo éxtasis, fuera de su cuerpo, y que a veces le parece que está en pleno paseo espacial contemplándose. Cuando le escuchan, sus compañeros corren a abrazarle y le dan besos, alguna incluso ha llegado a meterle la lengua al hacerlo, pero dicen todos que él ya no hace nada, que apenas les aprieta con sus brazos, que no mueve la lengua ni siquiera para apartarla de la intrusa. Se disculpa por su frialdad y les da las gracias, sinceramente. A lo sumo les promete relatar todo eso en la bitácora en la que debe completar la información de todos sus actos. Está obligado a ello, de hecho, pero hace ya tiempo que no la actualiza. Tan sólo espera a que llegue el módulo Cúpula para permanecer allí a la espera de que, cada noventa minutos, se deje ver el lugar donde creció. Una vez le escribió a sus hijos, debía leerles el texto la madre, claro, porque ellos aún no saben leer, que allí, a trescientos sesenta kilómetros de altura, no hace más que pensar en ellos, en la paradoja de que aunque se mueven más rápido de lo que nadie puede llegar a imaginar, unos veintiocho mil kilómetros a la hora, no se acerca nunca a ellos. La mujer lloró al leerlo y le mando besos. Él lo agradeció, sinceramente. Pero luego anotó en la bitácora que al leerlo no pensó en nada más que en lo curioso que resultaba leer la palabra al revés, que parecía que le hubieran mandado pesos, y que eso no hacía más que obligarle a meditar mucho sobre si mandar besos o abrazos en su siguiente mensaje, ya que de ese modo no habría manera de caer en esos pensamientos. Sus compañeros lo observan pensativos, sin saber qué medidas tomar o si exigir que le devuelvan en alguno de los transbordadores. Pero saben que eso supondría ocupar su plaza en la estación, ya que esta debe tener siempre, como mínimo, dos tripulantes. Y nadie quiere permanecer allí y poder caer en las mismas obsesiones que asolan al astronauta. Alguno ha dejado caer la posibilidad durante la comida de que él mismo pida el regreso y planifiquen una sustitución desde la Tierra. Él rechaza la idea, dice que no sabe cómo enfrentarse a un mundo tangible de nuevo, y deja a medio comer las barritas energéticas del menú. Uno de los tripulantes de un transbordador le llevó uno de esos juguetes para niños llenos de texturas que hacen ruidos distintos dependiendo de dónde se presione sin declarar a los superiores que lo transportaba en su equipaje. Desde que lo tiene duerme abrazado a él, y no ha consignado nada de todo eso en la bitácora. Su compañero en la estación ha pensado decir algo de todo esto en sus informes, pero sabe que no serviría para nada más allá de una amonestación al astronauta y al que le trajo el juguete. Así que prefiere hacerse el loco.

Antonio Jiménez Morato (1976) observa por las noches el cielo desde la ventana de su habitación. Busca estrellas en movimiento que puedan ser satélites o, incluso, la estación espacial que anhela visitar. Mientras tanto se aferra al cuerpo que duerme a su lado.

Neil Armstrong no era argentino, por A. Carantoña

Llevaba días obsesionado con esa voz, de petulante acento rioplatense, que no dejaba de colarse en sus sueños ni una sola noche.

—Vamos a haserte un ahtronauta, boludo.

No alcanzaba a verle la cara al tipo que pronunciaba aquellas palabras, siempre las mismas; tampoco encontraba tiempo suficiente para preguntarle qué demonios quería decir. ¿Que le iban a convertir en un astronauta? ¿Que se trataba de algún tipo de nombre en clave para una estafa de altos vuelos de la que fuera a ser víctima? ¿Para un plato típico? ¿Para un nombre de perro?

Tras días dando vueltas en la cama hasta que la insidiosa vocecilla volvía a aparecer, las legañas eran demasiado evidentes como para que ella, que le veía prácticamente a diario, no le preguntara:
—¿Va todo bien? Tienes una cara rarísima.
—Sí, no pasa nada; es que últimamente no duermo muy bien.
—Vaya —musitó curiosa, sirviéndole el café.
Él, percibiéndolo, aprovechó los cinco minutos que le quedaban antes de cruzar la calle que separa el café de la oficina para explicarle el caso. Se dio cuenta de que era la primera persona a la que se lo contaba y no pudo evitar sentirse algo ridículo:
—Ya sé que así suena a tontería —se sonrojó tras repasar mentalmente sus propias palabras—, pero el hecho es que no soy capaz de dormir. Al menos, no como antes.
—Bueno, pues hoy —contestó resolutiva, tratando de reconfortarle disfrazándose de inocente—, procura distraerte antes de dormir: quizás funcione.

—Vamos a haserte un ahtronauta, boludo.
—¡LA CONCHA DE TU MADRE! —despertó gritando.
Volvió al café, e informó del fracaso mientras ella operaba con la cafetera y le escuchaba en silencio.
—No sé qué hacer: ya llevo una semana sin ser capaz de pegar ojo; si no es por tus cafés, me muero.
—Venga, venga, ya será menos —respondió ella, colocando un azucarillo al lado de su taza—. En serio, cuanto menos lo pienses, mejor.
—Mierda, me tengo que ir: tengo hora con el dentista.

Se reclinó, entonces, en la camilla y abrió la boca todo lo que pudo. Vio entrar la aguja y al doctor retirarse; irse. Al cabo de unos minutos, empezó a sentir un hormigueo en la mejilla, la lengua, la barbilla. Luego, nada.
—¿Se te ha dormido ya?
—Bluah.
No podía articular palabra. Parecía tonto, allí plantado, mientras que el dentista hurgaba con sus instrumentos cromados en los entresijos de su boca.
Se levantó medio atontado y pagó a la secretaria de la entrada.
—¿Te doy cita para otro día, y acabamos con los empastes?
—Bluah bluah bluah.
—Mmm…
—Bluah —se esforzó.
Por fin logró concertar la cita y salir, sonrojado, de la aséptica consulta.

En la calle procuró no mirar a nadie; fijar la vista en el suelo y rezar porque la anestesia no le hiciera derramar saliva por la comisura de los labios sin darse cuenta. Trabajó el resto de la jornada evitando a todo el mundo; tratando de que nadie le obligara a hacer un esfuerzo por hablar: lo logró, llegó a casa, cenó y se acostó.

—Vamos a haserte un ahtronauta, boludo.
—Me tenés harto, vos —reaccionó él, rápido. El hombre no se había evaporado: algo ocurría.
—¿Cómo te atrevés?
—¿Que cómo me atrevo a qué, vieho?
—¡A hablar en arhentiiiino, loco!
—Y ¿por qué no iba a atreverme? —respondió, dándose cuenta de repente de que el acento que tanto había odiado le salía con naturalidad.
Entonces, el hombre levantó la vista. Le vio la cara, por fin: era enjuto, mayor, pero con una fuerza marinera en la mirada que le remitió a un océano bravo. Apareció, detrás de él, su camarera.
—Y vos, ¿qué hasés aquí?
—Te dije que se te pasaría si pensabas en otra cosa.
—Pero ¿no veh que ehtá aquí, el vieho, persiguiéndome?
—Ya, pero estás pensando en mí, tonto.
—No…
—Sí. Y ese acento no te sienta nada mal, por cierto. En fin, os dejo: creo que ya es hora de que charléis.
—Grasias —dijo el viejo, besándole la frente a la camarera. Ella se colocó a su espalda, y desapareció.
—No entiendo nada…
—¿No lo veh, pelotudo?
—¿Qué queréh que vea?
—La queréh, ¿no?
—¡No!
—¡Sí!
No quiso pensar en nada más allá de la simple y necesaria fascinación rutinaria del cliente, en buscar algo de belleza en mitad de los tonos grises, marrones y plomizos del día a día: sería mucho más fácil levantarse por la mañana y correr hasta la oficina sabiendo que, al menos, podía contar con una sonrisa constante al otro lado de la calle.
—Ehto eh lo que ocurre cuando uno nesesita un Pepito Grillo: ¿por qué odiás a los arhentinos?
—¡Por el aseeeeeento! —exclamó, exagerando obscenamente la e.
—Los odiás porque a ella la vuelven loca.
Se mantuvo callado.
—Eh normal sentir la envidia cuando esoh pelotudos tangueros se llevan a todah lah minas; pero, ¿sabés?, Neil Armstrong no era argentino, y llegó a la Luna.

»No, no ehtoy hablando de boludeses a lo Borhes; no me ehtá dando un ataque para convertirme en Cortásar: pero hoy, por fin, alcansahte a verme la cara y ehchuchaste la dulsura con la que te hablaba esa camarera, loco.

»De pequeño, imahino que querrías ser de todo menoh argentino: querrías ser ahtronauta, querrías buhcar marsianitos y tenerlos en el jardín. Pero no pudo ser, y ahora te arrepentís de no haber hecho máh por salir de este aguhero de casa; de ese trabaho de mierda; y por no haber tenido el valor de desirle cuatro cosas a esa mina.

—Igual tenés rasón, no lo niego, pero ¿qué querés que haga?
—Mañana se te habrán dejado de ehcapar las babas y hablaráh normal, en tu gallego querido: desile, desile por la mañana y no me volvés a ver.
—¿Y todo ehto qué tiene que ver con el ahtronauta?
—Ché —sentenció sonriendo—, ¿no me ehchushahte? Estate tranquilo: Neil Armstrong no era arhentino, y llegó a la Luna.

 Alejandro Carantoña es traductor y colaborador habitual del diario gijonés “El Comercio”.

Torre de control a Mayor Tom, por M. Wittford

Desde que tenía seis años ya soñaba con ser astronauta. Yo era un niño solitario de los setenta que no gustaba de jugar con el resto en el descampado al fútbol, ni me despellejaba las rodillas en peleas de pandilla. Llevaba un parche en el ojo derecho, porque mi ojo izquierdo era un ojo bastante vago. Disponía de mi propio espacio, mi mundo especial habitado de monstruitos simpáticos y manchas en el suelo con cara de murciélago que me ayudaban a conciliar el sueño por las noches. Tenía un lugar secreto en el campo, detrás de mi bloque, al que no solían ir los niños que preferían el fútbol y las peleas. Eran dos enormes trozos de tubería de cemento armado enclavados en una pequeña hondonada, lo suficientemente grandes para poder introducirme dentro de ellas y lo suficientemente pequeñas para poder subirme sobre ellas. Claro que si lo mirabas detenidamente no eran más que dos restos de hormigón, pero, joder, era un niño de seis años, para mí eran una nave espacial con la que visitaba Marte, Júpiter y Saturno. En cierta ocasión, leyendo un tebeo, me llamó poderosamente la atención un dibujo de una nave espacial. Era muy parecida a mis dos tuberías, lo que me convenció de que con unos retoques podía convertir mi rincón secreto en una nave de verdad para surcar el universo. Con el cartón de unas cajas confeccioné las alas y un paraguas que le robé a mi abuela me serviría perfectamente de palanca de cambios.

Todo estaba preparado para el despegue. Me peiné con la raya al lado y me eché mucha colonia de baño. Hay que oler bien en el espacio. Revisé las coordenadas, me até el jersey al cuello a modo de capa y tres, dos, uno, pum. Los cartones y el paraguas volaron por el cielo y yo con ellos. No llegué al espacio, pero casi. Pasé por encima de mi bloque, vi con mi ojo vago a mi madre atareada en la cocina, pasé por encima del descampado donde se peleaban mis compañeros de clase, de mi escuela, sobrevolé Melilla, que ya es continente africano, y luego volví a la plataforma de aterrizaje y despegue. Estaba en éxtasis cuando bajé de la nave y fui a contárselo a mi primo Julián y a su hermana Margarita, que jugaban en los columpios de la plaza. Les invité a venir a mi nave espacial. Ellos aceptaron, aunque los planes de Julián eran algo diferentes.

Qué te parece, sugirió Julián, si la astronauta es Margarita, y los dos entramos con ella. Bueno, entro yo primero y tú miras y después yo miro y tú entras. Margarita era un poco boba y nunca se enteraba de nada así que no le disgustó la idea, y poco a poco mi estación lunar se transformó en una sala de experiencias.

Mi primo Julián entró en el cilindro de la derecha donde Margarita ya se había quitado las bragas y se había remangado el vestidito rosa. Tumbado sobre el tubo, asomado por detrás, vi cómo Julián le pasaba el dedo por la vagina a su hermana y luego se lo pasaba por la nariz para olerlo y se reía. Yo también reía. Ahora me toca a mí, dije, entré en el cilindro espacial, e imité la operación que había realizado antes el primo Julián. Y me olí el dedo y después volví a reírme.

Mi primo Julián, que era un trasto, siempre iba rompiéndolo todo. Su patinete, el yoyó de Margarita. Y mis viajes interestelares.

Después cambiamos de juego e íbamos los tres en mi nave espacial. Julián era mi copiloto: ocupaba la tubería de mi derecha. Y Margarita iba detrás, a lo suyo; no sé si lo he dicho, pero siempre fue un poco boba.

Hasta que a mi primo se le cruzaron los cables y rompió una de las alas y abrió el paraguas de la palanca de cambios. ¡Primo, cuidado!, gritó, ¡Una lluvia de meteoritos! No pude mantener el control. Intenté esquivar con bruscos virajes de volante los aerolitos, pero eran demasiados y nos alcanzó uno. La cabina se llenó de humo, esto iba a terminar mal, el motor trasero estaba fallando, no podía controlar la nave. No sabía cómo íbamos a salir de esta. Probablemente moriríamos los tres. Solicité ayuda a la torre de control, pero no conseguí contactar. Maldición. Margarita gritaba y lloraba asustada. ¿Cómo iba a solucionar este desaguisado? Julián se había puesto muy nervioso y no reaccionaba. Intenté manejar los mandos y buscar un sitio en el que realizar un aterrizaje de emergencia. Por suerte, divisé en el radar un planeta pequeño y verde que podía servir para mis propósitos, así que me abalancé hacia él. Encima sufríamos unas turbulencias que nos hacían saltar sobre los tubos, ¡dios mío!, y el mango del paraguas estaba atascado y no podía arreglarlo, esto era el final, rezad lo que sepáis, primo Julián, prima Margarita, vamos a morir en ese planeta verde e imaginario a no ser que el tren de aterrizaje... a no ser que consiga... que consiga... Hice un poco de trampas, salí de la tubería con el paraguas, lo cerré, lo volví a colocar en forma de palanca de cambios y me metí en el tubo de nuevo. Temblores, sacudidas, el tren de emergencia parecía responder al fin, atravesábamos algo parecido a nuestra atmósfera, el planeta era totalmente verde, verde fosforito, girábamos sobre nuestro eje, Julián y Margarita se hacían los desmayados a causa de la despresurización de la cabina, pero yo tenía el control. Ahora tenía el control, estabilicé la nave, tomé tierra con suavidad, pisé el freno poco a poco. Estábamos a salvo. Hora del alunizaje: trece cincuenta. Apagamos los motores. Mamá nos llama. La mesa está puesta. A comer.
 
 
Martin Wittford es un andaluz con seudónimo. Ha colaborado en varias revistas, y ha ganado el premio de narrativa breve de MálagaCrea 2010. Es, además, traductor de inglés y francés, y amigo de sus amigos.

Mi padre era astronauta, por T. Peligro

Mi padre era astronauta y eso a mí me hacía sentir muy orgulloso: debía tener conocimientos especializados en ciencias e ingeniería, una forma física envidiable, una estabilidad mental que ya quisieran otros para sí, sangre fría. Mi padre era un valiente y se preparaba para viajar al espacio exterior, fuera del influjo gravitatorio de la Tierra, miles y millones de kilómetros por encima de nuestras cabezas. Yo era solo un niño, metro treinta, y llenaba papeles y papeles con pueriles dibujos de mi padre vestido de astronauta. Sin embargo, en el armario de mi padre no había trajes espaciales blancos, con su escafandra de espejo, que le protegieran de las temperaturas extremas y de la intensa radiación ultravioleta, sino una buena colección de monos azul marino. Mi padre decía que eran trajes de entrenamiento, que en el centro donde se preparaba, al que a veces iba en turno de tarde, a veces de noche, a veces de mañana, no podía entrenarse con los aparatosos trajes espaciales. Algunas noches, cuando volvía del trabajo, mi padre se abrazaba al inodoro y vomitaba. Parecía mareado, daba tumbos o lloraba sentado en la cama tapándose el rostro con las manos. Muchas veces, mi padre olía raro cuando volvía de entrenarse. A veces a algo fuerte, parecido a combustible, otras veces a algo dulce y amargo que yo todavía no sabía identificar. Yo achacaba todo esto a las duras condiciones que deben soportar los cosmonautas, a la comida en pastillas, a las grandes velocidades, a la falta de gravedad que hacían mella en la salud, incluso en la de mi padre, que era fuerte, porque era astronauta. Tan fuerte era mi padre que le habían aceptado incluso siendo bajito y miope y sin estudios, porque igualmente sería un buen astronauta. Por eso yo estaba tan orgulloso de mi padre, y lo imaginaba, dentro de no mucho tiempo, posándose en la Luna, guardando una piedra extraterrestre para mí.

Un día descubrí a mi padre abalanzado sobre un gran cubo de basura como un módulo espacial lleno de vómito. Fue en la gasolinera donde finalmente resultó que trabajaba. Había puesto perdido el mono azul del uniforme de la empresa. A lo que solía oler mi padre – aquel olor de vuelta a casa− era a ginebra y gasolina. Y cuando me decía que astronauta, quería decir –o no decirlo− que era alcohólico.


Txe Peligro nació en Oviedo en 1980 y es licenciado en Astrofísica por la Complutense. Le gustan los potitos y las albóndigas de lata.
 
 
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